Solo el roce las burbujas en mis piernas,
excitaba todos los sentidos de aquel cuerpo lleno de inseguridades.
A lo lejos, el muchacho que cada día
bordeaba el jacuzzi sin meterse dentro, y hacía largos y largos en aquellas piscinas
de agua helada.
Hoy, era diferente, nuestras miradas
parecían buscarse en medio de aquel rebumbio de gente, y la timidez del joven
creaban aún más desconfianza en mi.
No me atreví a mediar palabra alguna;
pero ninguno esquivaba las miradas. Se acercaba, esta vez no iría a su ruta
habitual, quería después de mucho tiempo, probar el revoloteo de aquellas
burbujas en sus pecas, y quien sabe si quizás, sentir bajo tanta alteración las
piernas de alguien que hacía mucho tiempo quería tener en esa situación.
Despacio, muy despacio introdujo sus
piernas, el agua era tibia, pero el nerviosismo por la situación podían
incomodar, o al menos parecerlo.
Las palabras seguían sin abundar, y solo
una sonrisa bastó para decirle que a mi, no me incomodaba su presencia.
Era curioso, en su mirada quería que se
percibiese cierta distancia, cuando el mas que nadie sabía quien era.
Fui a estirar mi piernas, cuando rocé la
rodilla de aquel ser con mirada desafiante. Noté como se acercó y más allá de
alejarme, deslicé mi cuerpo a su lado.
Estaba sumergida de hombros para abajo, y
la pícara mano que termina en mi brazo se perdió por su bañador…
Se notaba la atracción sexual que llevaba
acumulada, y aún no podía comprender que jugar al despiste conmigo no le
llevaría a más que a perder tal vez su valioso tiempo.
Tras sentir aquel bulto de dimensiones
prolongadas, en su cara una leve sonrisa dejo entre ver que no estaba haciendo
nada mal aquello de mimar a su miembro.
Probablemente creyendo que le iba a
rechazar, su mano intentaba acariciar lo oculto tras mi biquini, pero aquellos
dedos no pasaban más allá de mi vientre.
Con furia y derrochando la poca seguridad
que desprendía tomé de su mano para llevarla a cada recoveco que las burbujas no invadían.
Al son que retumbaban sus manos en mis
nalgas, las burbujas revoloteaban por mi espalda, y yo, pícara y para no perder
costumbres provocaba sentada en el regazo de aquel hombre fornido.
Sus labios no paraban de besar mi cuello
y aquella dentadura perfecta se perdía entre mis pechos dejando las marcas de
un momento de lujuria en un lugar prohibido.
Desgarraba su espalda cada vez que sentía
el roce de aquel bulto que tanto acaricié, dentro de mi; me volvía loca el
placer que después de tantas miradas, me daba aquel salvaje bajo las aguas.
Una y otra vez, sentía cada milímetro de
su piel, era pura tensión, el sabor de su cuerpo y la sensación de deseo eran
superiores a todo lo que pudiera imaginar.
Después de muchas, muchas sensaciones
bajo aquellas burbujas, una sonrisa dibujó mi rostro que no se había inmutado
en ningún momento a decir si quiera palabra alguna.
Mordí lentamente sus labios, mientras
clavé la mirada en sus ojos; y como si nada hubiera pasado, salí de aquel
placentero jacuzzi, donde quizás el recuerdo de lo que pudo haber sido llegó
tarde, o simplemente, el deseo, nos jugó una “mala” pasada.
EL RINCON DE PENSAMIENTOS
06-12-2012

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