No podía permitirse el lujo de ser la
joven, adorable y romántica que caía en el olvido de los hombres cuando ellos
le robaban su corazón.
Tan solo, el paso de una mirada que tanto
gustaba a su alma, bastó para que la dulzura se convirtiera en la frialdad de
un témpano de hielo.
Lanzó una sonrisa desde el otro lado de
la barra. El carmín rojo de sus labios estaba perfecto, y el brillo de aquellos
ojos verdes buscaban la mirada del caballero del fondo del bar.
Cruzó las piernas dejando entre ver que
bajo aquel vestido de color granate, nada guardaba lo que en su día fue un gran
e inocente tesoro.
Bordeaba la el vaso con el dedo que
decorado por una gran sortija, chupaba para sentir el sabor dulce de aquella
copa.
Al otro lado, el caballero que se
escondía bajo aquella barba de tres días, parecía tener todo lo que ella siempre
quiso.
Vestía elegante de pies a cabeza, el Rolex
que marcaba la hora concentró todas mis atenciones.
Se acercó sigilosamente, extendió un
billete dejando de bote lo que sobraba, y tomó mi mano con cuidado y mucha
ternura.
Ignoraba que había dado con una mujer que
le daría los “palos” que tenía reservados.
Tomé las riendas de la situación, y traté
de dejar al caballero con las ganas locas de probar cada centímetro de mi piel;
palpé y mordí todo lo que se escondía bajo aquella ropa cara.
Sus manos se deslizaban por mi espalda, y
cada roce por aquel cuerpo desnudo, iba lleno de una pasión y dulzura que nunca
había conocido.
Se entregaba a cada segundo, pero la
bandolera que se escondía en la mirada pícara de mis ojos verdosos, solo se
atrevió a dejar al que por fin podría ser su grato caballero, desolado en
aquella habitación, con el carmín de mis labios por su cintura y el olor de mi
perfume por todo su cuerpo.
EL RINCON DE PENSAMIENTOS
10-10-2012

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