“Perdóname, por que he pecado”
La tormenta se acercaba. Las oscuras nubes
negras asomaban por el valle, y el frio erizaba cada centímetro de mi cuerpo,
excitando a su paso los pezones que cada ves se ponían más firmes y tersos.
Las gotas caían por mi frente, y la
seguridad en cada paso que daba se reflejaba en el taconeo sobre aquella acera
de suelo húmedo y resbaladizo.
Las campanas replicaban una y otra vez
avisando que la Santa Misa estaba a punto de comenzar. Me refugié en aquella
catedral de paredes grises y grandes vidrieras azuladas.
La lluvia me había dejado empapada. El
maquillaje oscuro de mis ojos, se había corrido por las mejillas, y el aspecto
era de pena.
Miré de un lado a otro y ninguna
presencia parecía estar bajo la atenta mirada de aquellos santos que rodeaban
los altares.
Unos pasos se deslizaban por aquel
parqué, y un apuesto y joven sacerdote, saludaba.
Invitándome a pasar a la sacristía para
arreglarme un poco, noté como la mirada de aquellos ojos verdes querían
descubrir los pezones que se escondían firmes bajo la blusa de seda, húmeda y
fría.
Las manos de aquel enviado del Señor para
seguir su camino, se deslizaron por mis hombros, marcando cada parte de mi
silueta; llegaron a la cintura, y subieron de nuevo hasta encontrarse con mis
pechos.
No intenté oponerme en ningún momento, y
los botones se desabrochaban al paso de las caricias de aquel moreno de ojos
verdes.
Sonrisa tímida y sensual, y labios carnosos
y placenteros, se dejaban seducir por aquellos pechos descubiertos.
Lentamente bajaba mordisqueando mi
vientre, hasta llegar al vaquero, que con suavidad y cierto erotismo iba
quitando.
Salimos de aquel cuartucho lleno de
rosarios, y tan solo con los tacones cubriendo mis pies, me tumbo sobre el
altar que presidía aquella catedral.
Los truenos y relámpagos iluminaban cada
movimiento de nuestros cuerpos.
Bajo aquellas telas se escondía el cuerpo
sediento de placer de un hombre dispuesto a derrochar toda la lujuria que
llevaba reservada todo este tiempo.
Abrió mis piernas, y el calor de su sexo
se adentraba en mi, los tacones se aferraban a sus nalgas y aquellas manos que cada
día repartía el cuerpo de la Gloria,
apretaban los pechos sedientos de nuevas sensaciones.
Los movimientos de mi cintura le
excitaban aún mas, y aquellos dientes perfectos mordisqueaban cualquier poro de
mi cuerpo.
Besando con ternura mi espalda, llegó
hasta el ombligo de mi oído, y bordeó mi cuello con un rosario de cuentas
negras.
Al replique de las campanas, mi cintura se contoneaba partiendo de la
catedral por el pasillo que una gran alfombra roja cubría, y la rueda de fuego
que se escondía bajo el manto de unos votos, comenzaba su homilía gritando a
los cuatros vientos… “Perdóname Señor,
por que no siento que he pecado…”
EL RINCON DE PENSAMIENTOS
15-10-2012
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