lunes, 15 de octubre de 2012

“Perdóname, por que he pecado”


“Perdóname, por que he pecado”

La tormenta se acercaba. Las oscuras nubes negras asomaban por el valle, y el frio erizaba cada centímetro de mi cuerpo, excitando a su paso los pezones que cada ves se ponían más firmes y tersos.
Las gotas caían por mi frente, y la seguridad en cada paso que daba se reflejaba en el taconeo sobre aquella acera de suelo húmedo y resbaladizo.
Las campanas replicaban una y otra vez avisando que la Santa Misa estaba a punto de comenzar. Me refugié en aquella catedral de paredes grises y grandes vidrieras azuladas.
La lluvia me había dejado empapada. El maquillaje oscuro de mis ojos, se había corrido por las mejillas, y el aspecto era de pena.
Miré de un lado a otro y ninguna presencia parecía estar bajo la atenta mirada de aquellos santos que rodeaban los altares.
Unos pasos se deslizaban por aquel parqué, y un apuesto y joven sacerdote, saludaba.
Invitándome a pasar a la sacristía para arreglarme un poco, noté como la mirada de aquellos ojos verdes querían descubrir los pezones que se escondían firmes bajo la blusa de seda, húmeda y fría.
Las manos de aquel enviado del Señor para seguir su camino, se deslizaron por mis hombros, marcando cada parte de mi silueta; llegaron a la cintura, y subieron de nuevo hasta encontrarse con mis pechos.
No intenté oponerme en ningún momento, y los botones se desabrochaban al paso de las caricias de aquel moreno de ojos verdes.
Sonrisa tímida y sensual, y labios carnosos y placenteros, se dejaban seducir por aquellos pechos descubiertos.
Lentamente bajaba mordisqueando mi vientre, hasta llegar al vaquero, que con suavidad y cierto erotismo iba quitando.
Salimos de aquel cuartucho lleno de rosarios, y tan solo con los tacones cubriendo mis pies, me tumbo sobre el altar que presidía aquella catedral.
Los truenos y relámpagos iluminaban cada movimiento de nuestros cuerpos.
Bajo aquellas telas se escondía el cuerpo sediento de placer de un hombre dispuesto a derrochar toda la lujuria que llevaba reservada todo este tiempo.
Abrió mis piernas, y el calor de su sexo se adentraba en mi, los tacones se aferraban a sus nalgas y aquellas manos que cada día  repartía el cuerpo de la Gloria, apretaban los pechos sedientos de nuevas sensaciones.
Los movimientos de mi cintura le excitaban aún mas, y aquellos dientes perfectos mordisqueaban cualquier poro de mi cuerpo.
Besando con ternura mi espalda, llegó hasta el ombligo de mi oído, y bordeó mi cuello con un rosario de cuentas negras.
Al replique de las campanas,  mi cintura se contoneaba partiendo de la catedral por el pasillo que una gran alfombra roja cubría, y la rueda de fuego que se escondía bajo el manto de unos votos, comenzaba su homilía gritando a los cuatros vientos… “Perdóname  Señor, por que no siento que he pecado…”
EL RINCON DE PENSAMIENTOS
 15-10-2012

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