Aquella mirada inocente y pícara asechaba de reojo el escote
que el vestido floreado dejaba ver. La sensación de deseo, aunque solo fuera
sexual, era un suculento y tentador plato que debíamos probar.
Cada gesto o mirada que se encontraba con la mía, nos hacía
sonreír tímidamente; por vergüenza o por incomodidad, pero eran miradas que
tarde o temprano se emborracharían del cuerpo del otro bajo las gotas frías de
una ducha.
Tan solo el roce de las yemas de sus dedos acariciando mis
piernas, me volvían loca; consiguió llevarme al desenfreno con cada beso que
esparcía por mi cuerpo.
El calor invadía aquellas pieles desnudas, el sudor se
deslizaba por su frente y el poder de hacerme estremecer de placer cada día
estaba en sus manos.
Viendo como acariciaba mi espalda, entendí que tanto fuego
me iba a quemar, y que la apasionada que se esconde tras de mi, empezaría a
salir poco a poco.
Tomé su mano, besé y mordisqueé lentamente cada uno de esos
dedos que me hacían tocar el cielo; sentí cada poro, cada sensación que salía
de su cuerpo; quizás ese fue el problema, que sentí cuando no debía.
Susurraba a mi oído tanto como quería escuchar, y esa
inseguridad que me aterra, no me dejaba decir que estaba totalmente de acuerdo
con todo lo que de sus labios salía.
Un beso, un único beso, tierno y dulce; fue lo último que
tuve de él; ni siquiera fue un beso de despedida. Mi labio mordió lentamente el
suyo y se dedicó a darle pequeños besos cariñosos; pero nunca fue un beso de
despedida.
Podría estar así, las 24 horas de los 365 días.
“No insistiré, para no lamentar.”

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